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EN MEMORIA DE NADIE 

Rolando Mazariegos

 

A Juan Manuel Mazariegos Durán, In memorian.

 

    La memoria, ese entresijo de fantasmas, los recuerdos reinventados, la realidad revisitada con la amargura de los años, a veces con el brillo que le brinda la distancia y cierta épica ansiada y oculta. La cartografía que traza cada uno para orientarse en ese potente mar que es la vida y que a veces nos seduce con sus abismos

   Nadie, el que niega su nombre, pero sólo en un acto de astucia para poder Ser, un ardid propio del viajero, un avatar que persigue con entereza su destino de noche en los sueños y las pesadillas, que jamás claudica en su periplo. “Sonidos movimientos, alientos dormidos, cadáveres insepultos de animales marinos, aleteo de sombras, pasos sin pasos. Nadie en el inmóvil estar de la noche, nadie, ni yo”.

    

En memoria de nadie, o el viaje a través de la vida nos muestra los múltiples claroscuros, las esperanzas, el erotismo, la noche y sus perseverantes fantasmas, los puntos de quiebre de la condición humana, los páramos desolados del sueño, la tierra prometida de la utopía, “no claudicaremos – escribe Óscar Palacios- y al fin de los tiempos estaremos todos como en una gran fraternidad, revisando los capítulos de la historia de la infamia. Y nada importará que no brinden por nosotros o tanto como nosotros. Porque el brindis será en memoria de nadie cuando todo sea de todos”.

    Ubicada terrenalmente, una novela que nos fija en la escena de un México monolítico, todavía anclado en el poder más autoritario, por momentos en medio de un paisaje profundamente selvático, que recuerda al Yajalón del cuál es originario Óscar, pero que nunca niega su condición de viajero junto al mar, cerca de las luchas sociales de su época, hermanado con el sindicalismo no corporativo, los años 70 del siglo XX lleno de represión y censura; pero también la condición humana, el hombre común y honrado que ante la mentira que puede terminar de aplastar al amigo caído en desgracia, es capaz de oponer su condición de humano, su conciencia, y aunque parezca un acto inútil ante los ojos pragmáticos, está pleno de sentido, y recrea esa fraternidad que solo puede ser posible en la conciencia individual.    

     Nadie, el que dentro de la cueva de los cíclopes niega su nombre, para poder enfrentar con fortaleza lo que parece sobrehumano, lo que siempre aparece en toda historia trágica,  misma Historia, con mayúscula, a la que se enfrenta todo héroe con su fuerza individual, siempre insuficiente, pero que se manifiesta como una condición del eros, de la voluntad encarnada, de eso que nos hace humanos. Nadie, el que en la isla de Circe, frente al banquete que los poderosos ofrecen a los hambrientos, náufragos harapientos cansados y llenos de agravios acumulados, no sucumbe.     

   Un lenguaje acompasado como la construcción de Chuburná en las palabras, donde se desarrolla gran parte de la historia, el ritmo del mar que  atrae con su canto de sirena, con su purga de marisma, con sus ciclones y tempestades, ese mar que se prolonga en el cuerpo del deseo, en la mujer amada, en la utopía, con su vaivén de palabras acompasadas, el registro poético en la prosa de Palacios. Baste un ejemplo “Leticia, has vuelto a ocupar todos los rincones de mi sueño, No solamente me robas la tranquilidad en la vigilia, sino que extiendes tu presencia cuando quiero entregarme a la placidez de la noche para olvidarme un poco de ti, de mí, de todas las cosas que me rodean. Te cruzas por la región desamparada de la memoria nocturna y te paseas frente a mi angustia sin más ropaje que tu piel”.

    En memoria de Nadie es una novela que dialoga con su tiempo y su circunstancia, los años 70 de una república dolorosa, de un siglo lleno de desgarramientos y exilios, de movimientos sociales y reinvindicaciones, del surgimiento de una sociedad civil que poco a poco se acerca a la población más desprotegida. Los años 70 de una guerra fría que mantiene en vilo al planeta, de amagos y carrera armamentista, de poderes fácticos que inciden en las agendas locales, pero también es una novela inserta en la mejor tradición literaria de la novela mexicana que desde su espacialidad y trama realista no renuncia a la exploración de la condición humana.

    Esos valores, los que durante la  guerra fría llegaron a considerarse modélicos y se estereotiparon, en la provincia mexicana entraron a debate, y a la mojigatería local se sumaron las propuestas del otro, de la otra forma del erotismo, de los gringos del amor libre en las playas nudistas seduciendo a costeños bien dotados, de los discursos de los representantes de la sociedad a través de sus plumas oficiosas y sus gacetilleros, haciendo moral y buenas costumbres desde sus espacios de  reflexión más cercanos al poder en turno y no a la realidad. De los discursos políticos muchas veces enfrentados desde la contracultura, desde el ácido humor y la ironía del mexicano, que le confiere a la palabra un estado de materia no sólo capaz de nombrar, sino también los poderes chamánicos de la transformación. “ - ¿Nada ha cambiado entonces? (pregunta Daniel al viejo pescador, exiliado del mar) – Sí, las palabras y las gentes pero en el fondo es como el mar, siempre lo mismo  (…) el único mal espíritu que le puede perjudicar es la duda; si dudas en lo que quieres ser en la vida, ya has perdido la mitad del camino”

    Un recuento rápido de los años universitarios y el salto a las esperanzas de los pescadores, de las luchas magisteriales a la soledad impuesta de la cárcel, de los exilios forzosos (aunque sean locales, no son elegidos) a la maquinaria del poder avasallando a un solo individuo; los avatares de la lucha social, en ese momento y lugar específico que Óscar Palacios elige para su narración, se extienden al registro de lenguaje amplio que se torna literatura, metáfora de la situación contemporánea al texto pero también metonimia, abstracción de la condición humana. Más que un destino oscuro, es el sino trágico, la trayectoria vital que dialoga y reinventa al ser humano en su caída; es ello lo que hace de la fragilidad de su existencia, lo perdurable.

     El ejercicio de libertad de un Daniel Estrada, sus elecciones, el mismo candor que a veces refleja en la búsqueda utópica son  la materia que se funde con la poderosa naturaleza mexicana (sea selvática o peninsular), esa misma naturaleza telúrica que sorprendió a los conquistadores y sedujo a los pintores italianos que llegaron a México en el XIX,  quienes conocieron y recrearon el potente paisaje mexicano, a los mismos paisajistas nacionales que nos dieron un rostro cercano a la deidad prehispánica, ya humanizada en sus gestos, pero infinitamente sobrenatural en su potencia, es ese mar que Leticia lleva dentro, el ciclón que se avecina, la furia del depredador, el frágil equilibrio, la amistad y la traición de un medio donde la naturaleza es fuente de alimento, pero también fuente de desgracia, vida y muerte en torno al humano frágil y diminuto, pero que tiene voluntad para elegir cuál es su trayectoria vital. “Un nuevo disparo me enfrenta a la incertidumbre de la noche y a la inquietante quietud de la Ciénega que en la penumbra enseña los cadáveres de los árboles que como manos suplicantes parecen reclamar al infinito, acaso en busca de Dios, ese cuento de la infancia que he olvidado. Renace en mí ese sentimiento de la gran cacería en la ciudad, donde la traición se agazapa y salta como animal salvaje”. 

     Daniel Estrada, el que zarpó de una deslucida patria, pero que un día en las costas lejanas y después de muchos peligros, adquiere el brillo de lo propio, de la pertenencia, del ethos que somos. Daniel Estrada, que se recrea en todas las situaciones de la novela que invito a leer, y releer, porque su viaje es una caída, pero también un fulgurante vuelo, una suma de todas las situaciones cotidianas que nos importan y nos llenan la conciencia todos los días, hasta el último de nuestras vidas, depuradas por la mirada profunda de quien se ha encontrado en la memoria de su propia patria, que en el caso de Óscar Palacios es, indudablemente, la patria de las palabras.

EL CHIAPAMUNDI

RELATOS DESDE EL OMBLIGO DEL MUNDO

(Diez crímenes por el mismo precio / El ombligo del mundo /Me lo dijo Gervasio)

Óscar Palacios 

 

 

Óscar Palacios, escritor (agitado), periodista (agitador), hotelero (improvisado), tequilero (asumido), acuña sus narraciones en una geografía real destinada a la auscultación de la escritura y sumisa a la reinvención de la palabra literaria. Palacios mira, escucha, lee a Chiapas. Lo desmenuza y lo pinta tal como lo ve y lo experimenta a fin de metamorfosearlo en un Chiapamundi que se yergue en un punto de construcciones y deconstrucciones, de encuentros y desencuentros, de pasiones y aversiones; donde se cruzan destinos, donde se observan los vaivenes de los seres humanos, su ascensión y su decadencia, donde se deciden las páginas notables de la efeméride regional. El Estado de Chiapas se presenta como un receptáculo polifónico de signos visuales, acústicos, olfativos inextinguibles; una partitura de múltiples variaciones que brinda una pluralidad de itinerarios e interpretaciones.

La proliferación de recorridos arraigados a la tierra local cristaliza, por cierto, las carácterísticas propias de aquella amplia y lujuriante comarca sin, a pesar de todo, escaparse de las vicisitudes de la vida, de las rencillas intestinas para acceder a la Autoridad, de la creatividad y de las luchas por el bienestar, de la necedad que afecta a las naciones, cualesquiera que sean. Chiapas es un capítulo, a menudo olvidado, del diario de la Humanidad, pero Palacios hace lema chiapaneco la frase del novelista portugués Miguel Torga, “lo universal es lo particular sin muros que lo rodeen” para recordar a su lector que este pedazo de nuestro planeta posee toda la retórica para decir y meditar la condición humana.

Por otra parte, Chiapas se despliega y se realiza como un ejercicio textual en perpetuo movimiento. En efecto, Palacios tiene una inclinación cierta a las bifurcaciones genéricas y estilísticas; un malabarista de la palabra cuya pluma se extiende por múltiples territorios narrativos que coquetean con lo dramático, lo erótico, la vertiente policíaca, el relato de vida, la autoficción, la microbiografía, la ficcionalización de la memoria colectiva. Todas estas expediciones literarias, Palacios, las arropan con un humor inestable y desconcertante que emana de la poesía automática del hablar de sus paisanos chiapanecos que se aman, discuten, pelean, se regocijan con réplicas moldeadas en una práctica rabelaisiana del vivir. Con el tiempo aparentemente inamovible de la provincia y con las historias tan pícaras como sísmicas de este pueblo sureño, los pedos, los pesos y los besos se han ido fosilizando en albures, refranes o aforismos de una lucidez devastadora para el extranjero y para el forastero; ambos asombrados por las ingeniosas y traviesas contorsiones del manejo local de la lengua que abocan a pantagruélicas carcajadas. Pero cuando se trata de desenmascarar las falsificaciones que alteran y ensucian la realidad, de cuestionar la idiotez del ser humano, de hurgar las basuras pestilentes y sórdidas de los poderosos (obviamente corruptos), Palacios nos lleva a un sentido del humor limitado que revela más que deleita. La risa, hacia la cual nos encauza, se ve despojada de todo valor moral, pero, sí, ridiculiza lo que más duele al retratar una cotidianidad gobernada por bufones, quienes, por gracia suya y desgracia nuestra, montan circos horripilantes para camuflar las rivalidades, los ajustes de cuentas, las traiciones, el dinero sucio.

Este volumen reúne dos ficciones y una biografía en las cuales están enclavadas las singularidades mencionadas anteriormente.

En Diez crímenes por el mismo precio, la pesquisa policíaca se convierte en un pretexto para diseñar la historiografía del género en México; para parodiar al arquetipo del investigador, con la invención del primer detective de Chiapas; para descodificar una corriente que vive perpetuamente de la subversión de sus propias reglas, y proponer una reflexión sobre el proceso de creación narrativa desde la escritura misma de la ficción. A Cripto Pérez Durán y Robles, Palacios lo ha fabricado fragmentos por fragmentos - como Jack el Destripador -, especialmente a partir de los anales de los investigadores en la literatura policial mexicana. Su detective es un mestizaje del “antihéroe” Peter Pérez de José Martínez de la Vega por su fresca insolencia; del periodista Armando Zozaya de María Elvira Bermúdez por su sagacidad; del matón Filiberto García de Rafael Bernal por su no fingido romanticismo; del atrevido Héctor Beloscoarán Shayne de Paco Ignacio Taibo II por su mirada melancólica sobre el deterioro de las relaciones; del mujeriego de Coyoacán de Rafael Ramírez Heredia por morder la vida en pleno caos con un apetito epicúreo. Sus epopeyas, por la cartografía de los delitos locales, lo propulsan a Cripto hacia el ojo des-criptor de la biología de una región que reverbera, muchas veces, la totalidad del país.

Si el Aracataca de Gabriel García Márquez presume con su “Macondo”, el Chiapas de Óscar Palacios se pavonea también con su “Único”, o sea la neta, el mero mero, lo máximo en materia de pueblo, según los fundadores y los cronistas de aquel inimitable lugar, en lo mejor como en lo peor. El ombligo del mundo esgrime unas constelaciones de personalidades a la vez líricas y carnales, dóciles y desproporcionadas, desinteresadas y tacañas, crédulas e impías que documentan por sus triviales rutinas e inéditas existencias la edificación, la expansión y el ocaso de su atípico poblado en el que todo puede pasar sin que no pase nada. Hijo del realismo mágico, El Único se plasma en un mundo totalmente realista en el cual de repente suceden acontecimientos absurdos, inverosímiles que yacen de los despropósitos de sus habitantes cuya identidad jocosa exacerba la incongruidad de las escenas cotidianas. No obstante, algunas de ellas, con un toque vanguardista, lejanas del bullicio de la supuesta modernidad de la ciudad, reivindican la explosión del esquema partriarcal y resemantizan, con comicidad, los roles construidos para el hombre y la mujer. Conforme a la antología de cuentos, Cómo hacen el amor las mariposas (1986), que Palacios publicará casi 20 años después de El ombligo del mundo, las distintas historias que hacen latir el corazón del Único “reinventan”, como Arthur Rimbaud, “el amor” y defienden el derecho a hablar y pensar el español en otro idioma.

Entre crónica provinciana y nota intimista, diatriba política y egloga urbana, el libro Me lo dijo Gervasio relata la génesis de uno de los periodistas más emblemáticos de Chiapas en entrañable ósmosis con su ciudad amante y profesional, Tuxtla Gutiérrez. En este relato epónimo, el retrato de Gervasio Grajales cobra forma bajo el mandato de la voz amistosa y admirativa (la cual se confunde con la del autor) y la del propio Gervasio, quien, mediante una retahíla de anécdotas descabelladas y su facunda salpicada de ironía e irreverencia, expresa tanto las tradiciones como la sensibilidad de su pueblo versado en festejos y portentosas desventuras políticas. La arquitectura del testimonio de Me lo dijo Gervasio así como su vínculo con la novela de aprendizaje remiten a la del relato autobiográfico del tzotzil Juan Pérez Jolote. Palacios no sólo se adueña de las secuencias folletinescas que anuncian el argumento y la moraleja de cada movimiento - guiño agudo al texto fundador de Ricardo Pozas en la literatura indigenista chiapaneca -, sino que va estratificando la madurez y la concientización progresivas del personaje, tal como lo opera Pozas en su narración, y que consiste aquí en la mutación de un niño campesino en patrón de un exitoso diario popular que dio espacio y palabra a todos los invisibles. A Me lo dijo Gervasio lo habita también el himno que celebra una geografía de la cornucopia costumbrista y una capital regional cuyas primicias suenan, para un Gervasio envejecido, a epitafio.

Si la Humanidad siempre ha demostrado su deficiencia para hacer de la vida algo que no se parezca a un rosario de tragedias, la escritura de Óscar Palacios intranquiliza esta desilusión al concebir, igual que André Malraux, el objeto literario como la huella de un eterno y gozoso descubrimiento.

 

Cathy Fourez, Barrio Oxtopulco, México D.F., 16 de febrero de 2014.

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